martes, 21 de febrero de 2017

Bebés en la bolsa

El hombre de la gabardina metió el sobre en el buzón mientras el agua de la lluvia golpeaba contra su paraguas. La tormenta había comenzado la noche anterior y no había cesado. Cristian estaba enviando una carta a su madre para avisarle que en unos días nacería su primer hijo, el cual estaba esperando ansiosamente. La carta llegó a destino y la madre arribó a la estación del tren dos días después de recibirla. Cristian fue a recogerla, yendo luego hasta su hogar donde, Analía, la esposa del hombre los estaba esperando. La mujer ya contaba con los nueve meses de embarazo correspondientes y su vientre parecía estar a punto de explotar. Esa misma noche le comenzaron las contracciones a la muchacha por lo que corrieron hasta el hospital donde, después de dolorosas y tortuosas horas, la joven dio a luz a dos pequeños que no dejaban de llorar. Cuando Cristian entró para ver a sus hijos, se horrorizó al encontrarse con que los bebés estaban unidos. Ninguna sonrisa se asomó en su rostro y su joven esposa estaba igual de espantada.
Los doctores los examinaron hasta que los dejaron volver a casa. Cuando estuvieron allí, envolvieron a los niños en una manta, dejándolos sobre la cama mientras los observaban. Los pequeños lloraban y lloraban, estaban muertos de hambre pero Analía se negaba a amamantarlos, pues pensaba que eran asquerosos.
Al cabo de unas horas los tres se encontraban en el comedor tomando té mientras oían desde el piso de arriba el llanto de los bebés. Ninguno emitía palabra, ni cruzaban miradas. Permanecían en silencio pensando en cómo solucionar las cosas. Finalmente, Cristian se levantó del asiento, tomó una gran bolsa de plástico de un cajón, subió las escaleras, seguido de las dos mujeres y se introdujo en la habitación donde los bebés se desgarraban en llantos. Le pidió a su esposa que mantuviera abierta la bolsa para él introducir a los niños dentro. Luego la cerró con fuerza y la dejó en el suelo. Los bebés seguían llorando a gritos. Los adultos volvieron al piso de abajo quedándose allí. Pasadas dos horas, Cristian volvió a subir para corroborar que los bebés ya no respiraban. Tomó la bolsa y la llevó al patio donde cavó un pozo de dos metros de profundidad, escondido por la oscuridad de la noche donde introdujo a los infantes. Luego de tapar el pozo, se metió dentro de la casa, tomó un baño y se recostó junto a su esposa para descansar.
A mitad de la noche, sintió unos sonidos que provenían de afuera, en el patio. Se levantó para mirar por la ventana pero los sonidos cesaron, entonces regresó a la cama. Una hora después, oyó nuevamente aquellos sonidos, por lo decidió vestirse y salir al patio para ver que ocurría. La bolsa que contenía a los niños estaba junto al pozo destapado, podía ver como algo se movía dentro junto con el sonido de los llantos. Cristian se espantó tanto al ver tal cosa que enterró a los bebés nuevamente y se dirigió a su habitación lo más rápido que pudo intentando conciliar el sueño otra vez.
A la mañana siguiente, los gritos de su esposa lo despertaron bruscamente. Corrió escaleras abajo encontrándose, frente a la puerta que daba al jardín, con una bolsa, con algo dentro que se movía y lloraba. Salió para corroborar si el pozo estaba cubierto, pero pudo ver que no lo estaba. Volvió a enterrar a los niños rogando que nada de lo acontecido volviera a suceder. Pero la bolsa aparecía con los bebés llorando dentro cada vez más profundo en el interior de la casa, encontrándose una noche sobre la cama del matrimonio. Cristian ya estaba aterrado, cansado de lo que estaba sucediendo, por lo que tomó la bolsa, la llevó al jardín y comenzó a golpearla con la pala, pero los niños no dejaban de llorar. Se estaba volviendo loco. Cómo podía ser que todavía estuvieran vivos. Sentía la necesidad de abrir la bolsa para ver su interior, pero el miedo de no saber qué podía encontrar allí era muy grande y recorría todo su cuerpo a gran velocidad. Volvió a enterrar a los niños, pero esta vez más profundo. Luego de eso, junto con su esposa decidieron mudarse.
Consiguieron una casa al otro lado de la ciudad. Una vez instalados pensaron que ya no ocurrirían esos extraños acontecimientos. Pero la primera noche que pasaron en el nuevo hogar no fue grata, pues los niños dentro de la bolsa aparecieron nuevamente llorando al pie de la cama. Ambos estuvieron despiertos toda la noche sentados en la cocina oyendo los llantos que provenían de su habitación. En la mañana, Cristian tomó su automóvil y se dirigió hacia el basurero de la ciudad. Allí dejó la bolsa con los niños, que en ese momento permanecía en silencio, junto con otras. La dejó sobre un montón de residuos. 
El hombre era un manojo de nervios, estaba aterrado y pensaba que se estaba volviendo loco. Se hubiera creído más eso si su esposa no viera ni oyera lo mismo que él, pero ella también lo presenciaba. Algo extraño sin duda estaba pasando, pero él no quería saber qué era. Cuando llegó a casa se sintió un poco más aliviado porque pensó que ya se había deshecho de los niños para siempre, pero no fue así, porque esa misma noche los llantos volvieron. Y así fue durante un año.
Se mudaron de ciudad, pero la bolsa con los niños seguía apareciendo. Ambos habían perdido la cordura. No podían dormir, no querían comer. A cualquier casa donde se mudaran, todo volvía a empezar, hasta que ya no pudieron soportarlo más. 
Oyendo el llanto de los niños, ambos colgaron una soga en el sótano, y luego de despedirse con una mirada, saltaron de la silla. Después de unos minutos los cuerpos sin vida del matrimonio colgaban de las vigas que sostenían el techo.
Y los niños jamás dejaron de llorar. 

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