lunes, 6 de febrero de 2017

El retiro

Cerró la carpeta de archivos y se quitó los anteojos. Podía sentir cómo habían dejado una marca a ambos lados del puente de su nariz. Llevaba horas frente al escritorio de cartón de su oficina. Horas mirando una y mil veces ese archivo, intentando descifrar el crimen, tomar alguna pista o dato que haya pasado por alto, pero nada. Cada vez se volvía más frustrante la espera por el retiro. Llevaba en ese puesto por más de veinte años, y sus canas le habían comprado el derecho de un merecido descanso.
Restregó sus ojos y tras soltar un suspiro decidió dar por finalizado el día. No quería ni saber lo que le depararía el día siguiente, en lo único que podía pensar era en una cama, y la vaga esperanza de seis horas de sueño ininterrumpidas.
Al salir se despidió del conserje sin obtener respuesta y emprendió su camino a casa. El sobretodo que traía puesto hacía de escudo entre su piel y la humedad fría de la noche. La escena del crimen seguía rodeada por la cinta amarilla de ‘no pasar’ cuando caminó bordeándola, todo había ocurrido a tan sólo una cuadra de su casa. Negó con la cabeza al dejar atrás el lugar, era un milagro que los periodistas no acampasen allí esa noche. Ya en su pórtico tomó las llaves de su bolsillo y abrió la puerta de su hogar. Más que hogar, un departamento semi-presentable no muy lejos de su oficina, pero ¿para qué más? Si vivía sólo y casi nunca se encontraba allí, más que para dormir. Las noticias seguían repitiendo lo que se había informado durante todo el día, y sin éxito pretendían esclarecer algunas cosas que seguían sin resolverse. ¿Quién era el asesino? ¿Qué había hecho Miles Pym para terminar muerto en la vereda de un almacén de barrio? No lo sabía, y él por primera vez en lo que iba de su carrera, carecía de explicaciones para tal suceso. Bostezó una vez, estaba cansado, más de lo habitual, por lo que apagó la tv y se fue a dormir.

- No oí ningún disparo, oficial - dijo Ed, el dueño del almacén quien estaba hablando por teléfono cuando bajó a comprar sus cigarrillos. Torció una sonrisa en el rostro antes de pagar.
- Claro que no, Ed. No le dispararon - fue la única respuesta por su parte.
Y ese era el asunto. No le habían disparado. Pero no era eso, sin embargo, lo más estremecedor de aquella tarde, sino que a pesar de todo, Miles tenía en su posesión un calibre .38 cuando lo encontraron. Controló la hora en su reloj, los resultados de la autopsia los tendría en  media hora, por lo que decidió volver a la escena del crimen una vez más. 
No había sido un robo, puesto que Miles tenía consigo sus posesiones y documentos. Nada indicaba un asesinato por venganza, ni siquiera habían indicios de ahorcamiento, ni huellas digitales ajenas. Y sin evidencias, no se podría acusar a nadie. 
Pasaban de las cuatro de la tarde cuando su móvil sonó por tercera vez en el día, ya se estaba cansando de eso, quien lo llamaba y con qué motivo si cuando atendía nadie contestaba. Volvió a guardar el teléfono en su sobretodo y marchó hacia la morgue, quería saber de una vez por todas qué era lo que sucedía, y por qué.
El edificio se extendía alto y ancho, de un gris monótono invitaba a mantenerte alejado. A decir verdad, de sólo mirarlo ocasionaba escalofríos, pero se dirigía allí por algo importante. Ingresó al lugar y encontró a Tim, su compañero detective que intentaba sonsacarle información a la recepcionista. Luego de diez minutos de habladuría, lo siguió por un corredor hasta donde se encontraba el despacho del médico a cargo del caso. 
- Es una lástima - dijo este. Tim asintió. Él no sabía bien si su compañero había encontrado nuevas pistas sobre el caso o si sólo lo decía por decir.
- Si, estábamos preocupados, se lo veía muy cansado... - Tim caminaba con las llaves de su auto en la mano, haciéndolas sonar a medida que daba un paso.
- ¿Quiere decir que nadie vio esto venir? - le preguntó el médico a medida que se acercaban a las cámaras donde guardaban los cadáveres. No, nadie ve venir un robo, sólo lo sabes cuando te están atacando, pensó.
- No, era un hombre muy dedicado a su trabajo. No hablaba nunca de su vida o de su familia, y nuestro jefe hizo lo que estuvo en su alcance para adelantar las fechas. 
¿Fechas?
- Si, pero a pesar de decir poco, era un hombre muy querido - dijo el médico a la vez que abría una compuerta. Extrajo la camilla y retiró la sábana que cubría la cabeza de Miles.
- Compañero, te vamos a extrañar. - dijo Tim. Se acercó hasta donde estaban los dos hombres y se detuvo en seco, el eco del sonido de las llaves extinguiéndose en la habitación.
- Es una pena, en verdad. Dijeron que sólo le quedaba una semana para el retiro…
Los ojos de Miles se ampliaron al verse a sí mismo sobre esa camilla.

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