sábado, 18 de febrero de 2017

Extraño bajo la lluvia

La lluvia caía de a baldes desde el cielo, como todos los inviernos de la ciudad. El frío te cala los huesos, y viajas todo el día con la ropa mojada, porque de tanto que llueve sos uno con el agua. De mi departamento a la boca del subte había unas cuatro o cinco cuadras, dependiendo de la línea que quisiera tomar. Para el trabajo era la más alejada, así que ahí estaba, empapándome con la lluvia. El día iba de mal en peor, el subte parecía escupir gente y tragarla cada vez que abría las puertas. Entré porque ya iba muy tarde, siendo aplastada por todos los que suponía iban tan tarde como yo. El viaje no era largo, unas seis paradas después, ya me había bajado, subiendo las escaleras para estar bajo el lluvioso cielo. Me acomodé la capucha de mi abrigo, y con las manos en el bolsillo apuré el paso. Antes de llegar al edificio en el que trabajaba, un hombre apareció de la nada frente mío. Quizás porque estaba mirando hacia abajo distraída, o quizás porque quiso interceptarme, pero fuere como fuere, me llevó puesta, con tanta fuerza que me caí al suelo. Cuando me ayudó a ponerme de pie, sentí algo contra mi mano. Ya parada sobre la vereda, el hombre se fue sin siquiera cruzar su mirada con la mía. Extraño. Iba vestido como cualquier otro, un Jean, una campera, nada fuera de lo común. Volví a retomar mi camino, viendo a mi mano a la vez que caminaba la poca distancia hasta el shopping en donde trabajaba. Un papel doblado. Eso tenía en la mano. El hombre lo había puesto ahí cuando me ayudó a levantarme. Lo guardé en el bolsillo y entré por las puertas, no queriendo que se arruine si estaba escrito o algo por el estilo. Me olvidé del asunto por el momento, como iba tarde y me tocaba abrir a mí, ya había gente esperando, así que me concentré en eso. No que entrara mucha tampoco, porque trabajar en una perfumería con venta de cosmética no era algo que tuviera mucho movimiento, por lo menos no en la mañana, así que muy pronto me encontré girando mis dedos, mientras tomaba un café y miraba a la gente pasar. De vez en cuando alguien entraba a mirar o a preguntar por algún perfume o precio, o solo a probarse el maquillaje y hacerme perder el tiempo, pero como era mucho el tiempo en que no había nadie, tomé mi teléfono y comencé a hablar con mis amistades. Todas ellas con mejores trabajos que el mío, o al menos así lo veía. Cuando quise sacar el celular, recordé el papel. Lo tomé y tras mirar a todos lados, lo abrí. Tenía anotado un número de teléfono, y me resultó de lo más patético que podía haber en el mundo. Ya me había pasado eso antes, pero por lo general en bares o clubs a los que iba con mis amigos, nunca antes en plena lluvia, estando yo en el suelo. Tiré el papel en el cesto y lo dejé pasar. La mañana terminó, llegó la tarde, y con solo dos ventas ese día, a las siete cerré el local y di por terminada la jornada. Cuando estaba por irme, pude ver a lo lejos, al pie de la escalera mecánica al mismo hombre, aun empapado y con la misma ropa que en la mañana, mirándome. Fruncí el ceño y me giré, saliendo del lugar. Apresuré el paso hasta la boca del subte, y por fortuna ya no llovía. El subte llegó prácticamente un minuto luego de que yo estuviera en la plataforma, y pese a tener el abrigo mojado, agradecía que no fuera tan tarde. Cuando llegué a casa, encendí las luces, la computadora y calenté un plato de comida que había quedado del día anterior. Mientras estaba en eso, el celular comenzó a vibrar con la llamada de un número desconocido. Colgué sin siquiera escuchar quien era, no atendía números que no conocía. Seguí con lo mío, cené, me di un baño y luego de terminar de arreglar mis cosas para el día siguiente, me dispuse a dormir. El celular vibró otra vez, pero no le di importancia. Si fuese algo importante me hubiesen llamado.
Cuando me desperté al día siguiente, me enfrenté a la misma rutina. Desayuno, ropa, maquillaje, baño y a la calle, que el dinero no llegaba solo. El día estaba nublado, pero no llovía como el anterior. Mi teléfono comenzó a vibrar a dos cuadras del subte, pero cuando lo saqué de la cartera, la llamada era de un número desconocido. Colgué otra vez y guardé el teléfono. Cuando estaba esperando impacientemente tras la línea amarilla junto con alguna que otra persona, porque había llegado tarde y el subte ya había pasado, mi teléfono comenzó a vibrar una vez más. Al tomarlo vi lo mismo. Colgué nuevamente enojada, y casi al instante me llegó un mensaje de texto del número desconocido. ‘Tenías que atender’. Eso era todo lo que decía, sin firma ni nada. Puse los ojos en blanco y guardé el teléfono. Escuché a lo lejos al transporte que venía y luego una voz profunda y grave detrás mío. ‘Te lo advertí’. Me giré y vi al hombre con la capucha, quien me empujó con todas sus fuerzas hacia las vías, sentí que el aire abandonó mis pulmones.
La alarma sonó esa mañana, me levanté con el corazón agitado y luego fui a prepararme para el trabajo. Mientras desayunaba veía las noticias, nada fuera de lo común, salvo la lluvia. Caminé las cuadras que me separaban del departamento al subte, y de allí unos minutos después hasta mi trabajo. Unos metros antes de entrar un hombre chocó conmigo, disculpándose. Extrañamente se me hacía familiar, pero nada en él era fuera de lo normal, como casi todos ese día, llevaba jeans y campera.

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